Población «Patrona de Chile», el otro patrimonio comunal

Escrito por Claudio Jorquera

La Voz de Maipú. Mayo 29, 2021

El Día del Patrimonio Cultural es una fiesta que convoca a una gran cantidad de participantes. Edificios, museos y parques son algunos de los destinos de los visitantes en ese día. En Maipú, antes de la pandemia, siempre se privilegió -aunque no exclusivamente-  el patrimonio “oficial”: monumentos nacionales, inmuebles y zonas de conservación histórica y  lugares asociados a la Batalla de Maipú. Sin embargo, hay otros espacios en la comuna que también son dignos de estimar y reconocer. Uno de estos es la Población “Patrona de Chile”.

Patrimonio cultural, un concepto amplio

El patrimonio cultural, en términos simples, está vinculado a los bienes tangibles e intangibles que, por sus cualidades, son considerados que deben ser transmitidos a las generaciones siguientes. La UNESCO agrega que esta herencia comprende, también, prácticas sociales y “expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados” y las valoraciones de “la relación que en el presente establecen las personas y las sociedades con huellas y testimonios (del pasado)”.

Estas nuevas percepciones amplían y complejizan el concepto de patrimonio cultural. Ya no basta con observar una construcción, una ruina o un monumento y solo admirar su belleza, su estado de conservación o su integración con el entorno. Ahora esa mirada se expande. Transita desde la materialidad de los bienes patrimoniales hasta las experiencias humanas que dieron origen a esos productos. 

Estos nuevos significados de “lo patrimonial” permiten que la Población Patrona de Chile sea considerada como una herencia local digna de apreciar. Sus casas y calles no remiten a un “patrimonio”, en el sentido clásico del término, sino a la “huella” de una práctica social en la que primaba la solidaridad. Esos modos de relación humana hicieron posible el proyecto colaborativo que estuvo en el origen de la población.

Origen de la población.

En 1947, un grupo de trabajadores de INSA (actual Good Year) solicitó ayuda a la empresa para comprar un lugar donde construir una población. La respuesta fue positiva y al año siguiente se compró el terreno que actualmente ocupan las viviendas. Ese sitio correspondía a la propiedad de un oficial de la Fuerza Aérea de Chile y piloto de la recién creada Línea Aérea Nacional (LAN), comandante Humberto Díaz Plaza. 

Este lugar estaba ubicado en la superficie limitada por Alberto Llona, por el poniente; Vicente Reyes, por el oriente; Elizabeth Heisse, por el norte, y Santa María, por el sur.

Al año siguiente, después de la urbanización y del trazado de calles, los trabajadores iniciaron el proceso de autoconstrucción de cada casa, de acuerdo con un plano común. Una agencia norteamericana de cooperación facilitó las máquinas para hacer los bloques de cemento que, mezclados con “tierra blanca”, abundante en Maipú, servirían para las edificaciones. La bodega donde se guardaban las máquinas y los materiales estuvo ubicada al final de la calle La Concepción, donde actualmente se ubica una imagen de la Virgen.

Trabajo colaborativo

Durante varios años, los propios obreros, en los fines de semana, construyeron las casas. Todos ponían su esfuerzo y capacidades para terminarlas, sin importar la propiedad de cada una. Todos se ayudaban y compartían experiencias y habilidades. Las primeras casas se empezaron a terminar aproximadamente en 1957. 

En 1959, ante la imposibilidad de terminar todas la viviendas, el presidente de la junta de vecinos, don José Segovia, y los demás socios decidieron contratar una empresa constructora para finalizar la población. La CORVI (Corporación de la Vivienda) se incorporó en esta última etapa y ayudó con el financiamiento a través de un préstamo con muy bajo interés y pagadero a 20 años.

El aporte del Estado, a través de la CORVI, fue fundamental. Esta institución estatal tenía como objetivos principales construir vivienda sociales y financiar proyectos de autoconstrucción, como el de “La Patrona de Chile”.  Esta corporación dejó de operar en 1976, cuando sus tareas fueron traspasados a empresas privadas.

 “La Patrona”, una población emblemática

La Población Patrona de Chile fue construida con casas pareadas, sólidas, amplias y con un gran patio. En muchas de ellas quedaron construcciones de adobe de antiguos moradores del lugar. Fue una especie de “herencia” de los primeros habitantes del sector, que permaneció durante varios años en el patio de las nuevas residencias. 

Este sector, que desde sus inicios tuvo un fuerte componente solidario, constituyó uno de los barrios emblemáticos de la comuna. Su dinámica actividad deportiva, cultural, religiosa y comunitaria era reconocida por los maipucinos. Así lo recordaron don José Pino Díaz y su esposa, la señora Marta Arancibia Vargas, uno de los primeros matrimonios que llegaron a vivir en la población. Ellos, en una ya lejana conversación, aportaron gran parte de los datos de este artículo. 

La comunidad creada para la construcción se proyectó en un estilo solidario de convivencia, de participación y de celebraciones. Fiesta Patrias, Navidad, Año Nuevo, cumpleaños, eran momentos en que los vecinos y las familias, se encontraban y compartían. Algunos de los primeros pobladores, artífices de este proyecto solidario, fueron Jacinto Granda, Hugo Méndez, José Segovia, Rafael Torrealba y varios otros más.

“La Patrona”, patrimonio local

Seguramente, para muchos esta población no constituye un “patrimonio” que debiera celebrarse en el Día Nacional del Patrimonio Cultural. No hay belleza arquitectónica, ni parques, ni esculturas. No están las improntas de arquitectos y artistas famosos ni corresponde a algún hito de la Batalla de Maipú. Solo su nombre alude a parte de la identidad local.

Es cierto, la Población “Patrona de Chile” no constituye un patrimonio “oficial”. Sin embargo, para los antiguos vecinos y, ojalá, para sus hijos, sus casas y calles son significativos. Son la huella de la organización, del trabajo cooperativo y del esfuerzo de obreros y sus familias que hace 74 años soñaron con una vivienda digna. Y esta “práctica social” debería ser transmitida a las generaciones siguientes.