CUANDO NUESTRA FRAGILIDAD SE HACE VIRAL

Boletín Salesiano 207. Mayo-junio 2020

Aporte de Claudio Jorquera al reportaje del mismo nombre escrito, además, por Liza Muñoz, Gustavo Cano y Lorena Jiménez.

El texto completo se puede leer en la revista mencionada.

 

La vida en pandemia

Miles de ataúdes son llevados a cementerios y crematorios. Pocas personas acompañan. Las imágenes en la televisión son elocuentes y sobrecogedoras. Los fallecidos dejan de ser números. Son personas con nombre, biografía, familia. Son hijos de Dios, nuestros hermanos. Esto asusta. Es la civilización y la existencia que se derrumban como un castillo de naipes.

“Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados”, expresó el Papa Francisco, el viernes 27 de marzo, en la homilía antes de la bendición Urbi et Orbi.

Son numerosas las pestes que han asolado al planeta. En ciertos casos, el combate contra estas infecciones permitió algunos avances médicos importantes. Sin embargo, la historia de la humanidad ha demostrado que poco o nada ha variado la actitud del ser humano frente a sí mismo y a los demás. Pasado el miedo, al poco tiempo hemos vuelto a ser los mismos.

El virus del Covid-19 nos recuerda cuán vulnerables somos. Nos pone ante situaciones límite: enfermedad, dolor, fracaso, muerte. Asimismo, el miedo deja en evidencia, en mayor o menor grado, nuestro egoísmo. Acumulación de productos, alzas de precios, despidos de trabajadores, exposición irresponsable al contagio. Hasta las autoridades fueron presas de esa actitud. Compitieron por ser los mejores y los más eficientes. El coronavirus no solo nos infectó, sino que también nos cerró ante el otro.

Dios en tiempos de pandemia

“No tengo miedo de caer enfermo. ¿Y de qué tengo miedo? De todo lo que el contagio puede cambiar. De descubrir que el andamiaje de la civilización que conozco es un castillo de naipes. De que todo se derrumbe, pero también de lo contrario: de que el miedo pase en vano, sin dejar ningún cambio tras de sí”. Así manifiesta su preocupación el escritor italiano Paolo Giordano en su último libro “En tiempos de contagio”, el primero que aborda el tema de la pandemia.

Las inquietudes de Giordano son también las nuestras. Son dudas existenciales frente a la vida, a la muerte… a Dios. En estos momentos críticos, esas dimensiones vitales nos invitan a reflexionar desde nuestra fe sobre nuestro quehacer diario y nos interpelan en nuestra relación con Dios y con los demás.

“¡Señor, escucha mi voz! que tus oídos pongan atención al clamor de mis súplicas!”. Así proclama el salmista, tal como lo hacemos en este momento de angustia y cuando comprobamos la fugacidad de la existencia. “El hombre es como un soplo, sus días, como la sombra que pasa” (Salmo 144). Humanamente es entendible que cuando se ve amenazada la vida, el don más grande que tenemos, nos dirijamos a Dios. ¿Por qué Dios no hace algo? ¿Dónde está? Y es aquí donde ponemos a prueba nuestra fe.

Dios no envía sufrimientos al mundo. Creer esto es suponer que, pudiendo evitarlo, no lo hace. Siguiendo las palabras del teólogo franciscano Michael Patrick Moore, Dios está presente, sufriendo y también salvando. Sufre con el dolor y la angustia, con nuestros egoísmos, con la discriminación, con la falta de empatía ante el dolor ajeno, con la prepotencia e irresponsabilidad. Salva a través de los que arriesgan su vida para que otros vivan: el personal de los hospitales, los policías, los que recogen la basura, los que cuidan a ancianos y tantos otros que, anónimamente, protegen la vida.

En esta pandemia se actualiza la parábola del juicio a las naciones, narrada en Mateo 25, 35-40: “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui extranjero y me recibieron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a mí (…). En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicieron”.

El texto enfatiza la primera persona: “Me dieron de comer, de beber…”. No dice “es como que si a mí lo hicieran”. No es una comparación, es una identificación. Dios asume todos los dolores de la humanidad hoy crucificada por esta pandemia, como fue crucificado su hijo. Ante la pregunta ¿por qué Dios no hace algo?, Él -desde su misterio y revelación en Cristo- devuelve la interrogante identificándose con el sufriente.

Durante este tiempo comprobaremos que la vida es fugaz, que la muerte es una realidad, que los bienes materiales y financieros no nos salvan, que la belleza del cuerpo no sirve de nada. Seguiremos clamando “¡Señor, escucha mi voz!, que tus oídos pongan atención al clamor de mis súplicas!”. Muchos sentirán que no fueron escuchados, porque la muerte de algún ser querido se hizo presente. Otros se sentirán desorientados, porque perdieron bienes materiales. A pesar de esto, Dios estará presente. No como quisiéramos, como un mago que resuelve todos los problemas cuando se le pide. Estará junto a nosotros visible en los que sufren y en los que salvan.

¿Cuál es mi temor?, se pregunta Giordano. “De que el miedo pase en vano, sin dejar ningún cambio tras de sí”, se responde. Ojalá que en nosotros el miedo no pase en vano. Seguiremos orando y alimentándonos en cada Eucaristía, porque, como hijos, queremos la respuesta de nuestro Padre. Sin embargo, nuestra fe debería salir fortalecida, más adulta. El Dios al que tantas veces clamamos, no nos abandona, porque no solo es el Dios de la vida, sino que es el DIOS EN LA VIDA. Solo tenemos que saber reconocerlo en la vida y, ahora, en esta pandemia.

*Hasta el cierre de esta edición del Boletín Salesiano, en el mundo se registraban 2.458.150 personas con Covid-19 y 169.502 víctimas fatales, de los cuales 10.507 de los casos se registraban en Chile y 139 fallecidos.